viernes, 6 de mayo de 2011

Ni el de Canterville ni el de la Opera (nota)

Un fantasma en el Museo Isaac Fernandez Blanco

Ni el de Canterville ni el de la Opera


Un mito urbano de Buenos Aires relata que en el museo de Arte Hispanoamericano merodea el espíritu de una niña muerta a principios del siglo pasado.



¿Un fantasma en Buenos Aires?. Podría parecer un poco descabellada la idea de que el espíritu de una persona muerta merodee las calles o edificios de la Ciudad, pero la verdad es que todas las grandes ciudades del mundo tienen sus mitos acerca de apariciones extrañas y Buenos Aires, no es la excepción. Una leyenda que circula hace varios años cuenta que desde principios del siglo pasado en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernandez Blanco vive –paradójicamente- una pequeña niña fantasma.

En Suipacha 1422, sobre una empinada cuadra del barrio porteño de Retiro, el museo, una gran casona de estilo colonial construida en 1922 por el famoso arquitecto Martín Noel, irrumpe entre los modernos edificios de la zona. Con tan solo mirarlo de frente, y dejar de lado todo lo que lo rodea, el peatón ya se siente parte de otra época. Con sus antigüas columnas color beige y sus grandes puertas marrones, el museo invita a olvidar por un momento tanta modernidad.

Al entrar, la arquitectura de inspiración barroca del lugar sorprendede. También su mezcla de estilos: hay enormes jardínes andaluces, balcones-miradores peruanos y un empedrado bien porteño. Dos rudas mujeres se presentan como las guardas de seguridad de la puerta, mientras que al lado del patio, desde su pequeña librería, un hombre anciano saluda y convida a leer alguno de sus amarillentos libros. Todo parece normal hasta aquí.

En los salones ya todo cambia. Los cuadros y esculturas de monjes parecen dirigir su  perversa mirada hacia los visitantes, la luz tenue y un viejo piano en el fondo hacen de éste lugar un escenario perfecto para un película de terror de Hollywood. El silencio se corta con los pasos sobre la madera que retumban en la cúpula del techo. Quizás no exista ningún fantasma, pero el lúgubre lugar bien podría albergarlo.

La historia cuenta que en 1928 cuando la casona dependió por un tiempo de la Parroquia del Socorro, ubicada a pocas cuadras, una  débil joven de 17 años murió  de tuberculosis y que, desde ese tiempo, todas las noches deambula llorando y gimiendo por la casa. Cuando todavía no era un museo y la casa pertenecía a la familia Noel,  Martín Noel hospedó a Herbert Hoover, un presidente de los Estados Unidos. La leyenda cuenta que el mandatario no pudo pegar un ojo  en toda la noche porque podía escuchar a la niña llorando y azotando puertas. A su vez, el mito ofrece otra anécdota: los invitados en una de las reuniones que el poeta Oliverio Girondo daba en los años ‘40 en su casa aledaña al actual Museo Fernández Blanco, se fueron asustados al ver el fantasma de la chica caminando por el jardín a altas horas de la noche.

Si bien el director del museo, Jorge Cometti, alega que “el fantasma no existió” y que “fue para darle prensa al museo”; Fabián, el  más antigüo de los cuidadores, asegura que el espíritu “si existe”. Su padre, cuidador del museo antes que él, le contó como en un acto de flamenco que se llevaba a cabo una noche en el patio la gente salió corriendo al ver a la niña fantasma con su “pelo largo y vestido blanco”.

Fabián cuenta que hay otros movimientos extraños que aseguran, o por lo menos hacen creer, la existencia del fantasma. Hace un par de años, antes de una remodelación, el museo terminaba su recorrido en una gran sala, la sala “eclesiástica”. El cuidador asegura que cuando la gente sacaba fotos allí, éstas salían ahumadas. “Yo lo vi, yo mismo vi como todas las fotos que sacaban ahí salían con un humo blanco encima”. Asimismo, luego de la remodelación el salón fue cerrado. “Una extraña coincidencia”, ironiza Fabián.

Un gran reloj antigüo que se puede ver al final de una sala es otra prueba de que aquí puede habitar un fantasma. El pendulo se mueve lento pero firme, aunque nunca nadie lo haya puesto a funcionar. “Nunca vi a nadie darle cuerda a ese reloj, y sin embargo se mueve igual”, asegura Fabián. Ese mismo reloj es el que marca que a las 19 el museo cierra. Otra asombrosa coincidencia, si se piensa que la niña sale  sólo de noche a vagar por el jardín.

Si bien el cuento de la chica fantasma podría no ser cierto, despierta controversia y polémica entre quienes lo hayan oído. El mito adquiere cierta mística ya que se puede poner en duda su verosimilitud, pero lo que es innegable es que se ha implantado en la conciencia de las personas y eso hará que, como hasta hoy, la historia siga pasando de generación en generación y forme parte de la historia de Buenos Aires.

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