Orgullo y amargura. Tan dispares sensaciones parece que nunca pudieran encontrarse sobre un mismo hecho, sin embargo, los días que Luis Quinteros pasó en la guerra de Malvinas dejaron en él sentimientos encontrados, y pudo ver que la línea ente la euforia y la humillación puede ser muy delgada.
Luis partió junto a su regimiento a mediados de abril hacia Comodoro Rivadavia como tropa de reserva, la guerra ya había comenzado y Argentina había declarado su soberanía sobre las islas. En su cabeza, la convicción de la inminente victoria y la inolvidable imagen de la eufórica Plaza de Mayo del 10 de abril de 1982, donde por aquel momento el presidente de facto, Leopoldo Galtieri, arengaba a los ingleses a venir que aquí les daríamos batalla.
Ya el 28 de mayo, Luis, que integraba la sección de morteros pesados, cruzó hacia el archipiélago en avión pero recién al cuarto intento, debido al bloqueo aéreo que habían propuesto los ingleses. Todavía no podía darse cuenta de la dimensión de la situación: “Yo no entendía nada, estaba en una nube de pedo”.
Una vez ya en el suelo de la Isla Soledad, él y todo sus compañeros debían comenzar a instalar el mortero en uno de los montes. En ese instante notó que muchos de ellos comenzaron a correr en varias direcciones, miró hacia arriba y vio como 4 aviones ingleses atacaban el lugar con una lluvia de bombas. El miedo o tal vez la incomprensión que tenía de la situación hizo que su única reacción fuera quedarse parado. Fue allí, cuando entendió todo lo que pasaba a su alrededor. “¿Qué carajo estoy haciendo acá?”, se preguntó.
“Sobreviví porque tuve suerte”. Esa misma suerte que otros 649 hombres no tuvieron. Aún así las condiciones climáticas, el hambre, el agotamiento físico por vivir en una trinchera y el constate bombardeo habían dejado a Luis en un estado en el cual ya el azar era quien marcaba su destino. Cantar jingles publicitarios le quitaba el miedo, como una especie de mecanismo de defensa para soportar la guerra.
El fin del conflicto, el 14 de junio, encontró a Luis refugiado en una cueva junto a sus compañeros. Cayó prisionero de los ingleses: “Yo no recuerdo, en toda mi vida, un momento más humillante que ese”. El orgullo de haber defendido a su patria, la amargura de no poder lograrlo y la vejación de aquel último día en las islas, son los recuerdos que le quedan a Luis, ya a 28 años de lo ocurrido.
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