La muerte y la posterior glorificación del CEO de Apple, Steve Jobs, puso otra vez en evidencia cómo ha sido trastocada la lógica con que los seres humanos nos pensamos a nosotros mismos. Deberia corregirme y decir: como ciertas personas crearon el sistema para que nos pensáramos así a nosotros mismos. Los valores, los ideales y el compromiso social han sido transformados, llevados a una banalización que cada día crece más, y que ya llega al punto de la sinrazón. Hemos burocratizado hasta las “revoluciones”.
Nadie niega que el creador del Ipod, Iphone y Ipad haya sido un gran tipo al cual hay que reconocerle su don de gente. Eso lo sabrán las personas que realmente lo conocen. Lo que hay que analizar detrás de toda esta parafernalia de la beatificación de un empresario de informática es cómo se intenta glorificar su aporte a la sociedad. Yo creía que las personas que aportaban innovación tecnológica, eran eso: innovadores, no mucho más. Pensaba que la cualidad de “genio” o “revolucionario” se les daba a los personajes más influyentes, a los que hicieron algo por cambiar el injusto mundo, o los que por lo menos, sin importarles el porvenir, lo intentaron. No, ahora una persona destacada es quien hace que un grupo selecto de personas pueda utilizar aparatos lindos y útiles para escuchar música, hablar por teléfono y navegar por internet.
El punto de la cuestión es que mientras Steve Jobs es venerado por miles tras su muerte, personas que realmente idearon cambios significativos en la sociedad, para hacerla más inclusiva e igualitaria, son olvidados. Tendríamos que prenderle velas y hacer fuerza por aquellos que pidieron y siguen pidiendo democracia en el mundo, tendríamos que venerar a aquellos que han dado su vida por la paz, tendríamos que ponernos del lado de los que piden que las cosas cambien, que sean mejor.
La lógica del capitalismo posmoderno y la sociedad de consumo es ésta. Beatificar a un empresario que innovo en tecnología mientras miramos con miedo –y a veces con repudio- a jóvenes chilenos que piden educación pública, o a militantes árabes que piden que caigan las dictaduras, o, inclusive, a campantes estadounidenses que piden que Wall Street acabe con sus maniobras perversas en la economía.
Las ideas se han erigido con una banalización cada vez más creciente –y no sin un propósito- por los líderes mundiales que manejan la economía y el sistema, al punto en que no podemos pensar otra que las estúpidas ideas que reproducen los medios de comunicación. Y esto no fue sin querer, todo estuvo pensando. Sería ingenuo creer que todos pensamos, vivimos y actuamos en una lógica que de casualidad ayuda a que las cosas se mantengan así de desiguales, donde la riqueza va para unos pocos y otros muchos son olvidados. No por nada sabemos más de Bill Gates o Steve Jobs, que de Mahatma Ghandi o Martin Luther King.
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