jueves, 19 de septiembre de 2013

Corte y confesión

La pelea entre el Grupo Clarín y el Gobierno, que es sino la disputa simbólica por la palabra, adquiere un nuevo capítulo. Esta vez, la audiencia pública convocada por la Corte Suprema de Justicia será el escenario para una nueva batalla entre los dos pesos pesados de la política argentina, que volverán a verse frente a frente. Fortalezas, debilidades y, se supone, chicanas varias se harán presentes, en una contienda en la que ganará quien pueda argumentar mejor y mostrarse más sólido ante los ojos de los magistrados.
Para exponer, la Corte habilitó a 5 amicus curiae para apoyar a cada una de las partes. De parte del Poder Ejecutivo Nacional, a favor de la constitucionalidad de la ley 26.522, se presentarán las universidades de Lanús y San Martín, el CELS, La Confederación Cooperativa de la República Argentina (COOPERAR) y la Asociación Argentina de Juristas. Por el lado del Grupo Clarín estarán presentes el Observatorio Iberoamericano de la Democracia, la Organización de Asociaciones de Empresas de Televisión Pagada para Iberoamérica,  ADEPA, el Comité del Consumidor (CODELCO) y  el abogado Lucas Sebastián Grossman, de la Universidad de San Andrés. Con solo repasar nombres y prontuarios de cada uno de los concurrentes se ve que será reñida la esgrima verbal.
En lo político, la audiencia se muestra como una maniobra que busca dilatar los tiempos judiciales hasta el máximo –vale recordar que el supremo tribunal no tiene la obligación de fallar bajo ningún término temporal- y así poder desentenderse del resultado electoral de las legislativas de octubre. Sin embargo, los supremos saben que se han quedado sin tiempo: los 4 años de sanción de la ley son una pesada carga, un lapso que ellos mismos han dejado correr negando, por ejemplo, el pedido de per saltum del Ejecutivo. 

Para un lado o para otro, los magistrados están obligados a fallar, lo cual cambiará para  siempre el manejo y el desarrollo de la radiofonía en la Argentina. La pluralidad de voces o la concentración mediática dependen de la voluntad y el buen juicio de 7 personas que saben que tienen en sus manos la resolución de una de las grandes peleas políticas, que quedará en la antología de la historia criolla. Se acaban los tiempos y, asimismo, se acerca la confesión de la Corte.

Falta de sintonía

La universidad como institución de transmisión y producción de conocimientos siempre fue un elemento central  a la hora de pensar un proyecto de país. La formación de los universitarios está íntimamente ligada a la proyección de un modo de vida social, cultural, político y económico. Sin embargo,  hoy en día, en Argentina y Latinoamérica  se ven grandes desfasajes  entre la universidad  y su exterior, no sólo con respecto a los gobiernos progresistas de la región sino también con grandes capas de la sociedad.

Si bien  se pudo resolver el funcionamiento interno de las facultades a partir de la Reforma del  ´18, todavía no se ha logrado la conjunción entre los estudiantes y el pueblo, entre la producción de conocimiento y las necesidades diarias de la población.  En ese sentido, como afirma el sociólogo Juan Carlos Portantiero  en su libro Estudiantes y Política en América Latina, “la ideología de la reforma no pudo llevar, en los hechos, la crítica de la universidad mucho más allá del reclamo de una mayor democratización interna y de autonomía frente al estado. La universidad que la reforma podía auspiciar se limitaba a ser una ´isla democrática´”.

Deodoro Roca y la Federación Universitaria de Córdoba a través de logros como la docencia libre, las cátedras paralelas, los concursos públicos y el cogobierno ganaron su lucha contra la enseñanza clerical, enquistada en la Universidad de Córdoba. Hoy en día el enemigo es otro, pero igualmente aferrado a las estructuras universitarias: el neoliberalismo.

Cada tiempo político tuvo su idea de país y, con ello, su tipo de universidad. En la actualidad, los proyectos de naciones que buscan dejar atrás al neoliberalismo  en su dimensión económico-política, pero también cultural y educativa,  tienen dificultades para que su mensaje penetre en la mayoría de los estudiantes.  Así como la universidad de Córdoba de principios de siglo XX se puso en consonancia con hechos políticos como la Revolución Rusa, la Revolución Mexicana o el advenimiento democrático del radicalismo, las casas de altos estudios de hoy deben entrar en sintonía con los procesos latinoamericanistas que se esparcen por el continente.


El rol del universitario para construir una sociedad más justa, que acerque la universidad al pueblo, es fundamental. La juventud estudiantil debe ser la vanguardia que bregue por la igualdad.  Porque como dijo el recordado presidente chileno Salvador Allende, “para que termine esta realidad brutal que pesa sobre nosotros se requiere un profesional comprometido con el cambio social”.

La noticia ficción: el fin del mito de la objetividad

La noticia, y su definición, están inherentemente ligadas a la actividad periodística, por lo tanto, siempre son dinámicas, cambiantes. En los tiempos que corren, la vieja y arcaica  explicación objetivista quedó obsoleta, para dar paso a una visión subjetivista, que ya no sólo pone al acontecimiento novedoso como elemento único de la noticia, sino que además agrega la intervención del periodista y su intención.  La noticia ficción es el principal producto periodístico de la nueva era de la información.

Los cambios producidos a nivel macroeconómico a partir del inicio neoliberal, como la concentración y la conformación de multimedios, han incidido directamente en el formato y en los objetivos de las noticias. Los sucesos empezaron a ser vistos de manera comercial, como una mera mercancía en la industria de la información. En ese sentido, ya lo importante no es informar veraz y acabadamente al lector; lo primordial es vender.

Tal como asegura el editor de Página/12  José María Pasquini Durán, “ahora cada vez más la noticia es ficción: está  producida en busca de atrapar la atención de la audiencia”. La obligatoriedad para todo escritor es hacer que las notas sean cada vez más interesantes y, para ello, la adición de tintes novelísticos a la noticia es fundamental. “Se ficcionaliza la realidad”, remarca el periodista.

A pesar de que la noticia ficción se ha hecho un estandarte del periodismo actual, continúa habiendo cronistas como Fernán Saguier,  secretario general de la redacción de La Nación, que se aferran a la idea romántica de la objetividad. “Es necesario que los periodistas eviten la opinión y mantengan la distancia con la información”, asevera y precisa, eliminando cualquier intervención del escritor, que ”ser periodista es ser el vehículo de la gente, un transmisor de la realidad”.


La noticia como materia prima de la función periodística siempre estará modificada según el público, el medio, los intereses y hasta la voluntad del escritor, sin embargo, es de fácil reconocimiento que la nueva configuración llegó para quedarse. La noticia ficción, como producto que debe ser interesante y atrayente,  es la forma en que la información circula a través de los medios masivos y el público. Estará en  los trabajadores de prensa adaptarse, o caer abrazados con el falso mito de la objetividad.

viernes, 16 de noviembre de 2012

La soja que los parió



“La soja que los parió”, reza un “poema urgente” en homenaje a Cristian Ferreyra. Hoy hace un año que el militante del MOCASE, de 23 años, fue asesinado cuando defendía su territorio a manos de sicarios de un empresario agrícola.  Ese disparo de escopeta no fue en vano. La muerte del joven despertó el debate que ya es ineludible: qué hacer con el  poderoso cultivo, que cada vez tiene más preponderancia en la economía argentina pero que a la vez puja en los campos desterrando a miles de campesinos autóctonos. Esta discusión es central, define qué tipo de Estado se quiere, cuál debe ser su rol de mediador entre los intereses contrapuestos y, también, qué modelo productivo se desea llevar a cabo.
La sojización del campo argentino fue un proceso lento, que fue desplazando a otras plantaciones tradiciones como el trigo, el maíz o el girasol. En las últimas dos décadas, esta transformación se aceleró y los empresarios agropecuarios se fueron volcando progresivamente hacia la siembra de soja transgénica debido a su alta rentabilidad y a su abultado precio internacional, que hoy se encuentra a 518 dólares por tonelada.
En la actualidad el cultivo cubre 19,8 millones de hectáreas, el 56 por ciento de la tierra cultivada de la Argentina, y está controlado por grandes multinacionales de estrecha relación con los mercados financieros. La importancia de la soja es cada día más visible en estos pagos. El país es el segundo productor mundial de soja, después de los Estados Unidos, y, de ese sector, el Estado percibe casi 75 mil millones de dólares en rentas extraordinarias y 55 mil millones de pesos en retenciones a las exportaciones.
Entonces, ¿cuál es el margen de maniobra de un Gobierno del cual su recaudación fiscal depende casi íntegramente de esta plantación? Hubiera sido muy difícil haber salido de aquella catástrofe del 2001 si no fuera por las regalías que dio el cultivo ayudado por una política de dólar alto.  El Estado tomó las riendas de la economía con una gran ayuda del dinero que hizo ingresar al país la soja. Pero nada es gratis y poco a poco los intereses de muchos de los ciudadanos se contrapusieron a la irreverencia de los empresarios, que quisieron colonizar todos los territorios con este negocio redondo. Fue allí donde se llegó  ante una situación dual, de compleja resolución para el oficialismo. Pero la codicia empujó  la circunstancia a un límite perverso: la expropiación de tierras y los asesinatos de los campesinos.
El avance gradual de la soja ha significado el desmonte de las zonas que habitaban los aldeanos. El impulso de uno ha producido el retroceso del otro y a fuerza de violencia. Según  la Secretaría de Ambiente de la Nación, Santiago del Estero es de las provincias líderes en desmonte: desde 1998 se ha incrementado un 72 por ciento el área de devastación de bosques.
Como bien se sabe los negocios turbios tienen varios causantes. Los empresarios ambiciosos e inescrupulosos, el Estado Nacional que mira hacia un costado, las autoridades provinciales que dejan hacer y el  Poder Judicial que cede ante el lobby. La combinación de factores avasalla los derechos de los dueños de las tierras en un entramado de relaciones, dinero e influencias en el que cada vez hay más manos metidas.
“No es posible la convivencia con el agronegocio, su lógica es de muerte y lucro, es un modelo donde no hay lugar para la vida”, afirmó tajante el militante del Mocase-VC Diego Montón, luego de la muerte de su compañero. Además de Cristian, en los últimos dos años fueron asesinados en la Argentina cinco campesinos e indígenas, entre los que se encuentra Diego Galván, matado a puñaladas el 10 de octubre.
Es hora de que el Gobierno, a pesar de su derrota en 2008 contra las corporaciones del campo, comience la batalla contra las multinacionales sojeras. Las retenciones a las exportaciones son necesarias para el desarrollo del país pero insuficientes como mecanismo de regulación del desbande de las empresas. Es necesario un ente público que incorpore a los pequeños productores, campesinos, trabajadores y consumidores que procure la sustentabilidad del suelo y que incorpore a nuevos actores en el trabajo de la tierra, que descentralice la actividad.
En el mismo sentido, es imperioso avanzar en un programa de reforma de la propiedad de las zonas rurales que evite que los campesinos y pequeños arrendatarios  sean despojados de sus territorios. La ayuda estatal para que mejoren la rentabilidad de sus tierras es imprescindible para que la situación económica no los lleve a ceder sus dominios a las grandes corporaciones, profesionales del saqueo de las riquezas del suelo a gran escala.
Aquí lo que se pone en juego es el respeto por uno de los derechos fundamentales de los pueblos originarios, que es el de la tierra. El Estado debe ser garante de la protección del más débil, por mandato popular y por comprensión de las luchas reivindicatorias de los campesinos.
La ley está del lado de los autóctonos, por lo que sólo se trata de hacer cumplir la norma, aunque el Poder Judicial muchas veces se desentienda. Hay vigentes leyes específicas para  estos casos como el artículo 75 de la Constitución Nacional  o la Ley 26.160 de suspensión de desalojos, sancionada bajo el gobierno kirchnerista. También el Código Civil establece el “derecho veinteñal”, que reconoce a quienes ocuparon y trabajaron un terreno durante dos décadas.
El Estado tiene que tener un rol activo e intervenir de lleno en la defensa de los derechos de los ciudadanos, en honor a los caídos que defendieron sus territorios. Acá no hay tiempo para hacerse el desentendido, ya que cada muerte por un negocio espurio es un paso atrás. Aunque sea difícil, el Gobierno, que ha sabido combatir a las corporaciones, debe interpelar a las multinacionales y ponerlas en regla, aunque eso signifique enfrentarse a uno de los soportes estructurales de la economía. Hoy, a un año del asesinato de Cristian Ferreyra, sería un buen homenaje ir en esta dirección, que es lo que él tanto hubiera querido.



martes, 6 de diciembre de 2011

“El tango es mi vida misma”

Entrevista a el mítico bandoneonista, Leopoldo Federico

El director y compositor de 84 años, que acaba de ganar en los Premios Gardel el mejor álbum de tango con Raras Partituras 6,  recuerda su infancia cuando su tío lo inició en el ritmo del dos por cuatro haciéndole escuchar orquestas por la radio.  A pesar de que su talento lo llevó  a tocar con grandes como Astor Piazzolla  y Julio Sosa y a girar por todo el mundo,  reconoce que tuvo “suerte”.  Hoy, casi retirado de los escenarios por problemas de salud, se repliega en su casa de Ramos Mejía y  sólo toca  el bandoneón para actos especiales.
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En chinelas, con una camisa abierta por el calor y sus anteojos de siempre, se sienta en un sillón de madera. En las repisas los premios desbordan, y son muchas las fotos con sus amigos del ambiente, aunque no más que las fotos con sus nietos y bisnietos. Él es la historia viva del tango, participe de una elite a la que muy pocos artistas han podido llegar. Es testigo de lo viejo y de la vanguardia,  y su trayectoria sintetiza casi todas las corrientes tradicionales y evolucionistas.  Pero sobre todo por su virtuosismo al  interpretar el bandoneón, desgarrándose los dedos en cada nota,  Leopoldo Federico es uno de los músicos emblemáticos que ha dejado el dos por cuatro en Argentina.  Y no duda al afirmar: “El tango es mi vida misma”.

En aquella Buenos Aires nostálgica de  mediados de los años ´30, en el barrio de Once, Federico comenzaba su primer contacto con quien sería compañero de vida: el bandoneón. Su tío, que vivía en su casa,  sin darse cuenta fue quien lo introdujo por primera vez en la música rioplatense cuando ambos se sentaban a escuchar radio El Mundo o Belgrano. “Él me hablaba de orquestas, y  yo ni idea de nada, ni se me había cruzado por la cabeza, tenía 10 años”, recuerda Leopoldo. Mientras los días iban pasando, aquellas melodías no podían borrase de la mente del joven e iba cada vez más reconociendo los estilos de cada banda  y al mismo tiempo era capaz de identificar  la “personalidad que le daban los bandoneones”. No pasó mucho tiempo hasta que comenzara a tomar clases de música con un profesor de barrio, amigo de su padre. “Empecé con el solfeo y después me compraron el bandoneón. Así como me metí en el juego de las orquestas me empecé a entusiasmar con el instrumento”, rememora. Su tío fue de vital importancia para sus inicios: “No sé si estudié bandoneón porque me atrapó o para darle el gusto a él”, confiesa entre risas mientras toma un sorbo de agua.

Leopoldo recuerda aquellos tiempos con nostalgia cuando con tan sólo 17 años –y  le decían “gordo” o “pibe”-, comenzó su carrera profesional,  favorecido por una época donde toda la sociedad respiraba tango.  En la calle Corrientes, desde Callao hasta el Bajo,  las confiterías se llenaban de gente en busca de milongas. “Era difícil pensar que en un fin de semana no habría algún baile en algún lugar de Buenos aires”, cuenta con alegría. De sus comienzos tocando en cabarets –a los cuales podía entrar porque era robusto, ya que no se permitían menores- pasó en su vertiginosa carrera a tocar con maestros como Alfredo Gobbi, Victor D’Amario y Osmar Maderna. También integro después las orquestas de Mariano Mores, Hector Stamponi, Carlos Di Sarli, Lucio Demare,  Horacio Salgan y Atilio Stampone. “Me fui haciendo de a poco, cambie muy seguido de orquesta y de todas aprendí algo”, recuerda y humilde afirma: “Tuve suerte”.

Con menos de 30 años, en 1955,  Leopoldo es convocado por Astor Piazzolla para reemplazar a Roberto Pansera en uno de los conjuntos más revolucionarios de la historia del tango: el Octeto Buenos Aires.  Uno de sus sueños se había hecho realidad, ya que para él  el mejor bandoneonista era Piazzolla. “El sumo intérprete”  como lo define. Luego, ya con su propia orquesta acompañaría a Julio Sosa, hasta su muerte en 1964, y alcanzaría la fama y el reconocimiento a gran escala. “Después de Julio sosa ya tomé un vuelo grande”, reconoce. Fue en aquella época dorada del tango cuando con su orquesta viajó a todas partes del mundo.

Cuando Federico se pone nostálgico mira al techo. Se nota que extraña ese pasado lejano en el tiempo, pero que mantiene muy cercano en su memoria. No teme en aseverar que “lo de antes fue mejor” y se pone a pensar. Tantos recuerdos llegan a su mente que tarda en poder describir con palabras lo que significó en su vida aquellas décadas del 40 hasta el 70 donde Buenos Aires vivía y sentía el tango,  alejada de toda moda extranjera. Recuerda con alegría aquellos tiempos donde el único sonido que se escuchaba en las noches porteñas era el de los fuelles abriéndose en manos de los maestros. “Tengo todo como un recuerdo, como el más lindo,  pero eso no va a volver más”, se lamenta y confiesa con voz inocente: “Extraño cuando la gente silbaba los tangos en la calle”.

-¿Qué significa el tango para usted, y en especial el bandoneón?
-El tango es mi vida misma, no encuentro palabras para definirlo. Es amor, es expresión. Las letras son poemas, hablan de una verdad de la época.  Y el bandoneón es una extensión del alma, de mi corazón y la verdad es que tengo suerte de vivir de la música y que me guste lo que hago.

Si algo distinguió la carrera de Federico fue su ímpetu a la hora de tocar. “Las notas están escritas, pero hay que interpretarlas con sentimiento”, afirma y reconoce que no sólo alcanza con ejecutar el instrumento ya que “la técnica es muy mecánica, los concertistas son unas máquinas de hacer notas”,  sino que a él lo deslumbran los que tocan con emoción. “Hay cosas en el tango que no están escritas y que no se dicen,  que se van cambiando en los ensayos, y como la mayoría somos desprolijos no lo corregimos. Ahí está la interpretación“. Aunque Leopoldo se caracterizó como artista por conjugar el virtuosismo y la pasión,  si tiene que definir su estilo se niega a hablar de sí mismo y prefiere nombrar a Pedro Laurenz o a Pedro Maffia como dos tangueros referentes que tenían ambas aptitudes.

A sus 84 años se mantiene enérgico -acaba de ganar como mejor álbum orquesta de tango en los premios Gardel- y continúa yendo todos los días a la Asociación Argentina de Intérpretes, la cual preside. A las 10 de la mañana sale de su casa de Ramos Mejía y maneja escuchando tango hacia Capital Federal para atender a los socios, firmar cheques y reunirse con el Consejo General de la entidad. También, de vez en cuando,  lo van a visitar sus amigos del ámbito musical. Aunque reconoce que tiene problemas de salud que lo afligen, asegura que se mantendrá activo. “No quiero entregarme, de acá –se señala la cabeza y las manos-, funciono”. Aún así, tampoco se priva de descansar. “La verdad es que estoy un poco cansado. Si veo que esta todo tranquilo, me vengo temprano para mi casa”. Allí recibe esporádicas visitas de sus nietos más chicos y de sus tres bisnietos. Su hijo Daniel va frecuentemente  a tomar mates con él,  o a mirar los partidos de Racing.

Aunque sea difícil de creer, en la cotidianeidad de Leopoldo el bandoneón queda abandonado, mientras realiza sus obligaciones. “Tengo la muy mala costumbre de no tocar, soy un vago. Cuando estudié fui un enfermo del instrumento, me quedaba horas y horas”. Los problemas físicos son el principal impedimento para hacer lo que quiere, pero cuando se junta con su viejo compañero para tocar en diferentes actos se lo ve vital, el instrumento todavía lo atrapa, lo conmueve y por sobre todas las cosas, le da placer. “A pesar de los dolores agudos cuando estoy en el escenario tocando se me borra todo de la mente, me concentro tanto con lo que hay que tocar que dejo todo de lado, no me importa si después me duele”, cuenta.

-¿Cómo ve el futuro del tango? ¿Puede continuar con algunos cambios?
- Lo de antes fue mejor, como fuente de trabajo. Igualmente  hay muchos chicos buenos ahora, yo no creí que los pibes se animaran a hacer orquestas grandes. Igual la mayoría dejan mucho que desear, pero a mí también me pasó. El derecho de piso hay que pagarlo. Pero el problema es que por la  mala situación de la industria de la música los artistas de hoy se regalan económicamente. Si las cosas de  entonces, cuando yo tocaba,  hubieran estado tan complicadas como ahora yo no habría podido vivir del bandoneón. En cuanto a otras vertientes como el tango electrónico  para mí eso es una basura, no me dice nada, no hay melodía. No es un ritmo de tango.

Federico es sinónimo  de tango, de sus mejores y más logrados intérpretes, considerado desde hace tiempo como uno de los grandes maestros de la historia. No sólo mantiene viva la llama del baile de cortes y quebradas sino que la conserva en alto, él es la fuente para que el género no entre decadencia, dejando, aún hoy a sus 84 años,  muestras de su  talento inagotable en cada escenario al que se suba. Tocó con músicos de la talla de Salgán, Piazzolla y Pugliese,  y  ha dejado más de 50 composiciones, donde se encuentran obras tales como “Bandola zurdo, “Capricho otoñal” ,“Pájaro cantor”, “Milonguero de Hoy”, “Almada de Tango”, “Siempre Buenos Aires”, entre otras. Ha hecho giras por todo el mundo, desde Francia y Finlandia, hasta Chile y Colombia.  Pero más allá de todos sus logros y méritos, en el living de su casa  se muestra tal como es: un abuelo que, con sus chinelas y ropa cómoda, disfruta de su tiempo en familia. 

sábado, 3 de diciembre de 2011

“La función del arte es educar la intuición”

Entrevista a Daniel Zimmermann, artista plástico.

El pintor, dibujante y escultor humanista asegura que la actividad artística debe ser capaz de mostrar las imágenes que no se ven, lo que no es advertido. Aunque  sus trabajos busquen el sentido abstracto y simbólico devenido de los sueños, fue él quien confeccionó la estatua de  “Mostaza” Merlo en 2001, cuando Racing salió campeón luego de 35 años.
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Daniel Zimmermann es un tipo tranquilo y que además contagia esa calma. Su apariencia, alto y con anteojos de moda en la década  del ´90, hace suponer que su vida está ligada al arte o a alguna actividad intelectual. Antes de comenzar a hablar prepara un café, casi como una necesidad para poder  charlar. Vive en un departamento  en el barrio porteño de La Paternal, bastión del equipo de fútbol Argentinos Juniors y lugar donde haría sus primeros acordes  el guitarrista Norberto “Pappo” Napolitano. Mientras hierve el agua en un jarrito, balbucea algunos comentarios acerca del calor y de alguna noticia del día. Aunque estudió en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano y también en La Quiaca y en Europa, se define como “autodidacta”. Como artista plástico, reconfigura su  paciente personalidad: allí es sagaz, obstinado, esforzado, trabajador.  Modela, pinta y dibuja, y siempre realiza una ardua labor para llegar al producto final. “Yo no le hago asco a nada, esa es la verdad”, bromea.
“Que la inspiración te agarre trabajando es fundamental”
En una interpretación vaga y primaria acerca del arte se tiende a pensar que es una actividad ociosa, más recreativa, que poco tiene que ver con sudar la gota gorda, y que, más bien, es un hecho que depende de la suerte de la inspiración del artista. Zimmermann se opone, en su modo pacífico, a esta concepción. “Que la inspiración te agarre trabajando es fundamental”, asegura, pero a la vez reconoce que primero “hay que tener una base, tener oficio” para que pueda ser aprovechada. Y bromea: “La manzana le cayó a Newton y no al que estaba al lado; la inspiración debe caer en un ´campo fértil´”.
Las catorce mudanzas antes de los cinco años de edad por el trabajo de su padre – que se encontraba en el Ejército- dejaron una huella de desarraigo en él. “No soy de ninguna parte”, confiesa. Nació de casualidad en San Luis,  pero ha vivido desde Tucumán hasta Esquel. Luego, en su juventud, cuando pudo decidir asentarse, optó por seguir viajando, ya como parte de su incursión en el Humanismo. Con el movimiento viajó por todas partes del mundo,  desde Europa hasta Bolivia, y todos esos recónditos lugares fueron influyendo en su trabajo, aunque  a la vez también le imposibilitaban su desarrollo pleno como artista, ya que no podía llevar consigo las esculturas en su vida nómada.
Cuando tiene que hablar de los motivos de sus realizaciones es tajante: “Mi obra parte desde mi hígado, desde mis vísceras pero también parten desde mis sueños”. En su manera de concebir el arte, los sueños juegan un rol fundamental como formadoras de concepciones ambiguas ante el ojo del espectador.  La ambigüedad es ese toque maestro de su obra. Zimmermann interpela, dice pero no dice, quiere trasmitir un mensaje. “No quiero ser literario, siempre quiero aludir, para favorecer la interpretación. Que haya un trasfondo más profundo, no tan periférico”.
“Mi obra parte desde mi hígado, desde mis vísceras pero también parte desde mis sueños”.
Aunque no piensa su obra hacia un destinatario tangible, a la vez reclama que el círculo se complete con la  interpretación de quien aprecie su trabajo. “Como premisa, yo no hago cosas que a mí no me conmuevan. También busco que al otro le conmueva algo, pero no sé ni quién es. No puedo pensar lo que pueda ver el otro porque no lo sé. Pero a la vez,  a mí me alimenta que después otro me diga cosas sobre mi obra”.
Si tiene que definir el arte se pone pensativo. Toma un sorbo largo de su café negro y mira sus cuadros. Cuando ya el silencio se torna incómodo escupe: “La función del arte es educar la intuición”. Reconoce que nunca se lo había planteado, que su trabajo se basa más en la experiencia y no tanto en la reflexión acerca de ella. En ese sentido,  plantea que “lo importante es la cosa expresiva, lo comunicante, sino no estás hablando de arte”. Y la abstracción continúa. Se ha despertado en él una serie de interrogantes que buscan su resolución. “Muchas de las cosas que nosotros hacemos dependen de las imágenes, de acuerdo a las imágenes que vamos teniendo y cómo las emplazamos internamente  determinan las respuestas que vamos dando al mundo”.  Para él debe ser el arte ese modo de operar que enseñe a mirar las cosas que no se ven, que no se tienen en cuenta,  y que cree sujetos “receptivos de lo no advertido”, lo que él llama la “ilusión negativa”.
A la vez que crecía en él el mundo artístico lo hacía también el mundo filosófico y político. Zimmermann fue uno de los primeros humanistas siloístas a fines de los años ´60. Silo, fundador del movimiento humanista,  quien además fue su amigo y su guía espiritual,  influenció mucho en su obra, pero sobre todo en su manera de ver el mundo. “Silo me modificó en un proyecto vital, en donde yo quería centrar mi vida, que no es poco. Centrar mi vida en un proyecto, en un sentido, en eso me cambió”, recuerda y se pone nostálgico. En la visión humanística se pone como centro al humano y ese fue su eje rector a la hora de realizar una obra. Aunque no fuera adrede, siempre en sus pinturas, esculturas o dibujos quedan vestigios de ese gran peso del Humanismo en su cosmovisión. “Lo que hace el movimiento humanista  es una apelación a la trascendencia, a lo inmanente. En mis obras quiero aludir a ese tipo de cosas”, asegura y remata: “Fue Silo quien me enseño a tener la libertad de no jugar con lo inmediato”.
Ser humanista le vale también ser muy crítico de formas actuales del arte y, al mismo tiempo, bregar, dentro de sus posibilidades, por la paz y la no violencia en sus trabajos. “Traducir imágenes  de no-violencia es más difícil que trasmitir imágenes de violencia, que tenemos un repertorio infinito. Tenemos todo un sistema trabajando para darte esas representaciones,  bombardeándote desde chiquito, además haciendo apología. Es brutal”. “La violencia es deshumanizante”, se queja.
Aunque se caracteriza por ser un artista plástico que trabaja con lo simbólico, con lo abstracto, Zimmermann también se ha dado el gusto de tener su cable a tierra. Fue él el responsable de confeccionar la estatua de “Mostaza” Merlo, cuando en 2001 el director técnico sacó campeón a Racing luego de 35 años. Aunque de fútbol sabe sólo que la pelota es redonda – tal como confiesa-, decidió embarcarse en esta aventura por el pedido de un amigo de una alumna suya. “Lo hice porque lo puedo hacer, no porque quiera dedicarme a eso”, se excusa, aunque reconoce que fue “una anécdota feliz”.” Me divertí mucho, lo hice con mucho gusto. Porque vi de donde venía eso, de la pasión,  de  ese sentimiento religioso primitivo, de ídolo, de algo profundo”.
Cuando su café se acaba la conversación entra en degradé. Era verdad que el café era su combustible para charlar, aunque habilidades para ello no le falten. También se pone pensativo -mientras mira su taza vacía y juega con la cuchara- cuando se le pregunta acerca de por qué hace arte. Aunque se nota que está revisando en su mente viejos recuerdos y anécdotas, no duda al responder: “Hago  arte porque algo me conmueve y porque tengo la aptitud y porque lo disfruto. Es una necesidad”.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Crisis alimentaria mundial: mejor no hablar de ciertas cosas

       Mientras muchos líderes mundiales –los que todavía no se fueron- aseguran que el ajuste es la única y gran salvación de los “mercados” – habría qué ver que son- y se ocupan solamente de la rama financiera de la crisis económica mundial, son pocas las voces que se alzan advirtiendo temas de fondo, más  graves y  crueles. La crisis alimentaria se agrava en el 2011 a causa de que bancos, fondos de inversión y brokers apuestan con los precios de los alimentos básicos en el sector financiero desregulado y producen  la suba del costo por tonelada. Agregado a esto, en los últimos años se ha comenzado a incitar el área de los biocombustibles, que ha iniciado una carrera entre los alimentos que son para consumo y los que son para experimentación.
       Mientras los dueños del capital especulan en la timba financiera y otros empresarios apuestan a los combustibles a base de oleaginosas, los que más sufren en esto son lo que menos tienen, los que ven vulnerado su derecho básico a comer a causa de la codicia de unos pocos. Mientras muchos medios de comunicación muestran cómo salvan a bancos quebrados, y cómo aplican ajustes en tal o cual país, nadie habla del efecto real de esta crisis estructural del capitalismo: hay gente que muere de hambre.
       La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) estimó que con 30.000 millones de dólares anuales se solucionaría el problema mundial de alimentos. Tal como se ve la decisión de acabar con el hambre en el mundo es política y ética más que económica. Pero, la mayoría de los Estados prefieren mirar hacia el costado, bregando más por los intereses de las grandes corporaciones multinacionales que por los de las personas hambrientas en el mundo. Está por ejemplo el caso de América, donde en el año pasado se produjo alimentos para 1.600 millones de personas pero la tasa de desnutrición infantil es del 16 % y el 50% de las madres que mueren anualmente por pobreza, lo hacen por desnutrición.  A nivel mundial, mueren 26 mil chicos por día por inanición. Tal como explica el Doctor en Economía, Bernardo Kliksberg, “el neoliberalismo no es sólo mala política económica: tiene una serie de implícitos que diseminados han permitido que tenga un sostén social.
       La crisis mundial de los alimentos básicos comenzó a tener su apogeo a mediados de 2008 cuando aumentaron su precio hasta tocar techos históricos. En la actualidad, los precios han vuelto a aumentar de manera exponencial. Entonces, hay que preguntarse por qué los líderes mundiales, a pesar de saber los imponderables de tres años atrás, dejaron que el sector financiero continúe desregulado.  El aumento de los precios de los alimentos ni siquiera obedece a causas técnicas o climáticas sino que responde profundamente a las políticas  de los modelos agroindustriales de producción y la desmaterialización del mercado alimentario.  Pero, sobre todo, hay un modelo productivo de alimentos basado en el petróleo y por tanto ligado al  precio del barril de crudo.
        La volatilidad de los precios alimentarios es una buena noticia para una pequeñísima élite, para  aquellos que especulan con ella y la provocan allí en la Bolsa de Chicago.  Es una mala noticia para todo el resto de la sociedad que debe hacerse cargo de los costos. Se calcula que la crisis de 2008 produjo un  incremento de las personas desnutridas en casi 100 millones.
        Como si la situación alimentaria no fuese lo suficientemente crítica, el relativo nuevo mercado de oleaginosas como fuente de energía amenaza con emporarla.  “Con el biocombustible se ha desatado una competencia feroz entre los estómagos de los podes y los motores de automóviles”, aseguró Kliksberg en una entrevista para Miradas Al Sur. En Estados Unidos, uno de los mayores productores de maíz en el mundo,  la tercera parte de ese cultivo  destinada para alimentos despareció del mercado y fue transferida al biodiesel. “No son circunstancias azarosas, ni casualidades, ni coyunturas. Son incentivos perversos que juegan en esa dirección”, remató el doctor en Economía.
        Ante esta crisis estructural del sistema capitalista como tal, las visiones acerca de una posible solución a corto plazo cada vez tienen menos adherentes. Mientras los gobiernos se manejan como títeres de las grandes empresas multinacionales, todo indica que la sentencia del periodista Ignacio Ramonet  en su editorial “Generación sin futuro”, tenía razón: “El mundo ha ido peor. Las esperanzas se han desvanecido. Las nuevas generaciones tendrán un nivel de vida inferior al de sus padres. El procesos globalizador neoliberal brutaliza a los pueblos, humilla a sus ciudadanos, despoja de futuro a los jóvenes”.