Entrevista a Daniel Zimmermann, artista plástico.
El pintor, dibujante y escultor humanista asegura que la actividad artística debe ser capaz de mostrar las imágenes que no se ven, lo que no es advertido. Aunque sus trabajos busquen el sentido abstracto y simbólico devenido de los sueños, fue él quien confeccionó la estatua de “Mostaza” Merlo en 2001, cuando Racing salió campeón luego de 35 años.
“Que la inspiración te agarre trabajando es fundamental”
En una interpretación vaga y primaria acerca del arte se tiende a pensar que es una actividad ociosa, más recreativa, que poco tiene que ver con sudar la gota gorda, y que, más bien, es un hecho que depende de la suerte de la inspiración del artista. Zimmermann se opone, en su modo pacífico, a esta concepción. “Que la inspiración te agarre trabajando es fundamental”, asegura, pero a la vez reconoce que primero “hay que tener una base, tener oficio” para que pueda ser aprovechada. Y bromea: “La manzana le cayó a Newton y no al que estaba al lado; la inspiración debe caer en un ´campo fértil´”.
Las catorce mudanzas antes de los cinco años de edad por el trabajo de su padre – que se encontraba en el Ejército- dejaron una huella de desarraigo en él. “No soy de ninguna parte”, confiesa. Nació de casualidad en San Luis, pero ha vivido desde Tucumán hasta Esquel. Luego, en su juventud, cuando pudo decidir asentarse, optó por seguir viajando, ya como parte de su incursión en el Humanismo. Con el movimiento viajó por todas partes del mundo, desde Europa hasta Bolivia, y todos esos recónditos lugares fueron influyendo en su trabajo, aunque a la vez también le imposibilitaban su desarrollo pleno como artista, ya que no podía llevar consigo las esculturas en su vida nómada.
Cuando tiene que hablar de los motivos de sus realizaciones es tajante: “Mi obra parte desde mi hígado, desde mis vísceras pero también parten desde mis sueños”. En su manera de concebir el arte, los sueños juegan un rol fundamental como formadoras de concepciones ambiguas ante el ojo del espectador. La ambigüedad es ese toque maestro de su obra. Zimmermann interpela, dice pero no dice, quiere trasmitir un mensaje. “No quiero ser literario, siempre quiero aludir, para favorecer la interpretación. Que haya un trasfondo más profundo, no tan periférico”.
“Mi obra parte desde mi hígado, desde mis vísceras pero también parte desde mis sueños”.
Aunque no piensa su obra hacia un destinatario tangible, a la vez reclama que el círculo se complete con la interpretación de quien aprecie su trabajo. “Como premisa, yo no hago cosas que a mí no me conmuevan. También busco que al otro le conmueva algo, pero no sé ni quién es. No puedo pensar lo que pueda ver el otro porque no lo sé. Pero a la vez, a mí me alimenta que después otro me diga cosas sobre mi obra”.
Si tiene que definir el arte se pone pensativo. Toma un sorbo largo de su café negro y mira sus cuadros. Cuando ya el silencio se torna incómodo escupe: “La función del arte es educar la intuición”. Reconoce que nunca se lo había planteado, que su trabajo se basa más en la experiencia y no tanto en la reflexión acerca de ella. En ese sentido, plantea que “lo importante es la cosa expresiva, lo comunicante, sino no estás hablando de arte”. Y la abstracción continúa. Se ha despertado en él una serie de interrogantes que buscan su resolución. “Muchas de las cosas que nosotros hacemos dependen de las imágenes, de acuerdo a las imágenes que vamos teniendo y cómo las emplazamos internamente determinan las respuestas que vamos dando al mundo”. Para él debe ser el arte ese modo de operar que enseñe a mirar las cosas que no se ven, que no se tienen en cuenta, y que cree sujetos “receptivos de lo no advertido”, lo que él llama la “ilusión negativa”.
A la vez que crecía en él el mundo artístico lo hacía también el mundo filosófico y político. Zimmermann fue uno de los primeros humanistas siloístas a fines de los años ´60. Silo, fundador del movimiento humanista, quien además fue su amigo y su guía espiritual, influenció mucho en su obra, pero sobre todo en su manera de ver el mundo. “Silo me modificó en un proyecto vital, en donde yo quería centrar mi vida, que no es poco. Centrar mi vida en un proyecto, en un sentido, en eso me cambió”, recuerda y se pone nostálgico. En la visión humanística se pone como centro al humano y ese fue su eje rector a la hora de realizar una obra. Aunque no fuera adrede, siempre en sus pinturas, esculturas o dibujos quedan vestigios de ese gran peso del Humanismo en su cosmovisión. “Lo que hace el movimiento humanista es una apelación a la trascendencia, a lo inmanente. En mis obras quiero aludir a ese tipo de cosas”, asegura y remata: “Fue Silo quien me enseño a tener la libertad de no jugar con lo inmediato”.
Ser humanista le vale también ser muy crítico de formas actuales del arte y, al mismo tiempo, bregar, dentro de sus posibilidades, por la paz y la no violencia en sus trabajos. “Traducir imágenes de no-violencia es más difícil que trasmitir imágenes de violencia, que tenemos un repertorio infinito. Tenemos todo un sistema trabajando para darte esas representaciones, bombardeándote desde chiquito, además haciendo apología. Es brutal”. “La violencia es deshumanizante”, se queja.
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